Mónica y Tomas Tranströmer en companía del poeta Juan Manuel Roca en Malmö, Suecia.

Foto: Víctor Rojas

 

 

La revelación del misterio

Por Víctor Rojas

 

Sucede que en mi oficio de inspector de libertad vigilada, tengo que viajar algunas veces a la cárcel de Roxtuna, a preparar la salida condicional de algún ladronzuelo o bravucón que le ha quitado la vida a otro. Tan pronto como me acerco a la sombría puerta de la prisión, no puedo dejar de pensar en el poeta Tomas Tranströmer. ¿Sentiría él esa misma sensación de frialdad que siento yo al arribar a dicho centro carcelario? Pregunto esto porque en aquella cárcel Tranströmer trabajó durante un tiempo como psicólogo de reclusos.

Pero narremos, a cortos trazos, la vida del poeta. Todo empezó cuando un periodista llamado Gösta sedujo a una maestra de escuela de nombre Helmy. De esa relación tormentosa nació el vate de marras, el 15 de abril de 1931. Era día de primavera en Estocolmo. A los pocos años de haber nacido Tomas, su padre abandonó la casa. Esta separación le ocasionó al chiquillo un “momento de pánico”, una huella indeleble, ya que por esos tiempos el no tener padre era visto con ojos maliciosos, como se ven los bichos raros.

En la escuela primaria, después de leer el libro que narra el viaje de Nils Holgersson encima de un ganso salvaje, aprendió a ver el mundo con la perspectiva de un ave en vuelo. Por esa misma época los misterios de la naturaleza empiezan a fascinarlo. La investigación del mundo interior y exterior tanto de cosas animadas como inanimadas se convierte en su principal interés. A la edad de 15 años, después de salir de un matinée, sufre un ataque de calambres y una gran depresión se apodera de él. No hizo falta quien afirmara que el joven Tranströmer había ido hasta la locura y regresado gracias a la música, la cual utilizó para “espantar los diablos”. El piano que antes lo tocaba por pasar el tiempo, lo tomó como el asunto más serio de la vida. Es saludable agregar que la música, como tema, es recurrente en su obra poética.

El primero que divulga sus poemas es el periódico del colegio donde estudia bachillerato. Los versos allí publicados levantaron, sin embargo, la ira del profesor de latín quien además de no entenderlos consideró al poeta en ciernes de irrespetuoso a la memoria del aeda Horacio. A pesar de ello un día el rígido educador tuvo que hacer reverencia al paso del alumno quien para aclarar dudas compuso poemas, como los de Horacio, con métrica sápfica. A la edad de 23 años debuta Tranströmer con el poemario 17 poemas. Entonces los amantes de la poesía y los críticos literarios le dieron la bienvenida a un poeta en grande, talentoso. Dos años más tarde habría de graduarse de psicólogo. Y vendría el trabajo en la Universidad de Estocolmo, después en la cárcel de Roxtuna y por último en el Departamento de Mercado Laboral en la ciudad de Västerås. A la edad de treinta y cinco años el Estado sueco le otorga un salario vitalicio para que así pueda dedicarse sólo a escribir. Sin embargo, la obra de Tranströmer no es colosal en volumen. Durante cuarenta años ha escrito una palabra por día. Pero uno solo de sus poemas puede abarcar 200 páginas. O en contraste, las tres líneas de métrica 5-7-5 que caracteriza al haiku. Ya que Tranströmer es en Suecia el maestro de este tipo de poesía de origen japonés.

El 28 de noviembre de 1990 sufrió una apoplejía que lo condenó a ser un poeta sin lenguaje oral. También le paralizó la parte derecha del cuerpo. Hoy en día a menudo se le ve sentado al piano, tocando con la mano izquierda.

No hay premio literario en los países nórdicos que Tomas Tranströmer no haya recibido. A excepción del premio Nóbel de Literatura del cual cada año sus lectores nacionales e internacionales esperan con vehemencia que le sea concedido. Las justificaciones a sus laureles coinciden en señalar que la poesía tranströmeriana es un análisis constante del enigma de la identidad individual de cara al laberinto de la diversidad del mundo.

 

 

 

Poema de Tomas Tranströmer

  

Volante

 

 

La muda cólera garabatea dentro de las paredes.

Árbol de fruta florecido, el cuclillo grita.

Es el sedante de la primavera. Pero la muda cólera

pinta sus consignas de para atrás en el garaje.

 

 

Vemos todo y nada, pero levantados como periscopio

maniobrado por huraña tripulación clandestina.

Es la guerra de los minutos. El ardiente sol

descansa sobre el hospital, parqueadero del sufrimiento.

 

 

¡Nosotros, clavos vivientes martillados en la sociedad!

Algún día nos desclavaremos de todo.

Sentiremos el aire de la muerte bajo las alas

y seremos más tiernos y más salvajes que aquí.

 

 

Traducción Maria Kallin & Víctor Rojas

© Simon Editor