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A propósito del Premio Alternativo de la Paz

 

La poesía, la paz, las lágrimas, la patria…

 

Foto: Maria Kallin

 

 

Víctor Rojas, poeta colombiano residente en Suecia, autor de esta columna y uno de los gestores de las diligencias que han fructificado en el otorgamiento del premio alternativo de la paz para el Festival Internacional de Poesía de Medellín.

 

por Víctor Rojas

 

De viaje a Estocolmo, por la impecable autopista que une a Suecia con el resto de Europa, la radio anuncia que el Premio Alternativo de la Paz ha sido otorgado al Festival de Poesía de Medellín. Viajo solo y eso me alegra, pues me daría pena que alguien me viera llorar de la emoción. Disminuyo la velocidad, sin darme cuenta. Y no es para menos, una noticia de esas cuando se corre a altas velocidades... De pronto suena el teléfono celular. Afortunadamente una valla vial advierte que a 500 metros hay una estación de gasolina. Entro allí, ahora con la sensación de que estoy compitiendo en una carrera de autos. Alcanzo a contestar el teléfono. Es la traductora María Kallin quien con gran alharaca pregunta si ya me enteré de la noticia."Y nosotros que ya habíamos perdido la esperanza" dice. Y sin darme tiempo de contestarle exclama que el poeta Bengt Berg desde su covacha literaria en Värmland ha sido el primero en llamar para confirmar la buena nueva. Y que era un premio que nos sacaba de las casillas de la alegría pero que también nos recordaba que en Colombia hay paredes que guardan lamentos de torturados, huellas invisibles de desaparecidos a la fuerza y millones de familias desplazadas rondando por doquier bajo las lluvias. Ese galardón era un escudo protector contra el filo de la bayoneta. Era una luz contra la sombra que ampara al asesino que nadie persigue. Y que no había podido llamarme pues tan pronto como colgaba el auricular entraba otra llamada. Eran amigos que nos buscaban para compartir la enorme alegría que brindaba la noticia. María no cesaba de hablar y ni siquiera le pude preguntar si estaba agripada o también le había dado por gimotear. En mi desconcierto procuraba entenderle su ruidosa emoción. Y era que unos años atrás yo había estado en Medellín escuchando entusiasmado la palabra solidaria de los poetas colombianos y de otros llegados de los más insospechados rincones del mundo. Henchidas metáforas de esperanza para un pueblo acosado por la ira de los violentos. Y a mi regreso le había contado a María de las cosas que vi y escuché en mi lejana patria. El festival, sencillamente, era una profunda oración por la paz de Colombia. Y de ahí nació la idea de postular al Festival de Poesía de Medellín al Premio Alternativo de la Paz. Y María Kallin fiel al pragmatismo sueco enseguida llamó a la fundación Right Livelihood Award y pidió los formularios de nominación al premio y los tradujo y los envió a no sé cuantas direcciones. Sí, Colombia necesitaba rimas y adjetivos de hermandad y no morteros ni mentiras ni matones sueltos. Y mientras el correo hacía lo suyo, nosotros hablamos con el poeta Lasse Söderberg quien se entusiasmó con la idea. Y con Bengt Berg cuyo corazón aún no ha regresado de los cerros de Medellín. Y la idea fue ganando terreno y llegó hasta el África de Soyinka y se regocijó en la histórica Alemania de Hans M. Enzensberger. Y ahora recorre el mundo como una realidad que hace que nuestra caja toráxica se expanda de contento y nuestros ojos nos traicionen en estos tiempos donde sí es un delito de lesa humanidad emocionarse.

 

 

© Simon Editor